lunes, 17 de septiembre de 2007

Cuatro bodas y ni un funeral

Hola Atilio, ya sé que no te escribo hace una semana, pero estuve con tiempos complicados y no propensos a la narración. Mi intención era seguir hablándote de los ilustres argentinos, compañeros de emociones y piratas porteños, pero creo que esta experiencia te sonará un poco más entretenida.

Te voy a hablar de las reuniones con ex compañeros, encontrarte con los chicos que viste (o aguantaste) siete años o en su defecto doce (primaria y secundaria) y ya no tenés nada en común, ni siquiera historias que le puedan interesar al otro. Pero iluso, vas contento y lleno de ilusiones al encuentro de los amigos de la niñez, con los cuales te armaste para ser el hombre de hoy que la mayoría no soporta (lamento que sea yo el que te lo diga, pero es así).

Pero bueno, acá estoy, entrando al bar, para compartir un rato con gente que no veo hace quince años y que seguramente no reconozca.

Al entrar, ya está sentado uno, el que ingresó en sexto grado al curso, nunca nos llevamos encima, ni el nombre me acuerdo, ¿Como andás?, hace mil que no nos vemos, le digo, mientras él me cuenta un montón de idioteces que no me interesan. Al instante llega otro por suerte e interrumpe la charla sin sentido que estaba manteniendo, de éste si me acuerdo, el fachero de la clase, el que en séptimo grado ya se había bajado a diez minas, dos profesoras, tres monjas, Flavia Palmiero y un perro de la calle, mientras que yo recién me estaba conociendo en la ducha, el que siempre quise que sea mi amigo pero no me daba ni la hora, que loco, ahora me saluda como si fuese un familiar que no ve hace cincuenta años. Luego uno tras otro van ingresando al recinto y nos saludamos como hermanos que se encuentran en el programa gente que busca gente.

Qué raro me siento al ver a todos estos pibes con pelos en los brazos, las chicas maquilladas, la barba. Cuantas historias se recuerdan en la mesa, las del viaje de egresados, las de los asaltos, y las salidas a las cuales no me invitaron, pero por educación o estupidez asiento como si la hubiese pasado bomba en cada una de ellas.

Luego de que pase media hora y piense mil veces en como escaparme sin que se queden todos hablando de lo amargo que soy, aparece ella, la que cuando era chico era merecedora de mi más sincero amor, la que me dió fuerzas para levantarme cada día esperando ese beso en la puerta del colegio, la más linda, la más copada. Se sentó frente a mí, me miró y se me erizó la piel, todavía la amaba me dije y suspiré. Estaba hermosa como siempre, solo que ahora tenía unas tetas, perdón Atilio, unos senos alucinantes y una cola que rajaba la tierra. Las ganas de irme desaparecieron inmediatamente (un pelo de ……..tira más que una yunta de bueyes, pensé, nunca esa frase fue más acertada) y mientras, seguí esperando que me regale otra mirada. Obviamente esa mirada nunca llegó, seguí siendo ignorado por esa señorita como si todavía estuviésemos a dos bancos de distancia, quince años atrás, cuando mis manos pasaban a su mano y su boca no me dirigía ni siquiera un gracias, y menos una sonrisa.

Esperando en vano divertirme, a las dos horas me propuse levantarme y huir, no era el primero así que no pensé en el qué dirán. Al querer escaparme me agarra del hombro Julieta, la traga y fea de la clase y me dijo que la espere, que volvíamos juntos, en ese momento me percaté que estaba en la reunión, no era linda, pero sin ninguna duda había mejorado. Ahí recordé que Julieta vivía a unas cuadras de mi casa, de que fuimos muy amigos y que por cosas de la vida nos separamos y no hablamos más.

Caminando de regreso recordamos nuestras historias, de lo que esperábamos del futuro. Increíble, logró que dejara de pensar en la bella y malvada Sofía, para concentrarme en su respiración, su pelo enrulado, sus anteojitos de intelectual y esa mirada que casi había olvidado, no hice otra cosa que imaginarme y recordar episodios en los que ella me ayudaba y acompañaba. No lo podía creer, se me erizó la piel nuevamente, en diez cuadras reconocí al amor de mi vida…

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