martes, 25 de septiembre de 2007

Seis billeteras terminaron matando al galán

Hola Atilio, hoy estuve pensando mucho que recuerdo te iba a relatar, al no encontrar respuesta dentro de mi cerebro me dejé llevar por mi caminata diaria para que me ayudara. Escuchando como siempre la Metro, los muchachos de la radio me hicieron recordar una frase que hizo famosa Pocho “la pantera”, personaje mediático parecido a George Clooney que nos hacía bambolear la cintura al ritmo de la cumbia dijo: “vale más barato un prostituta que una novia”. Todo esto me hizo recordar cuando por primera y única vez intenté cortejar a mi ilustre personaje porteño de hoy, la rubia platinada, que en Junio mantiene un color de piel impecablemente naranja imposible de obtener salvo por las camas solares, que a su vez dan cáncer de piel, pero a ella no le importa, solo quiere seguir siendo una zanahoria más de la calle.

Este episodio de mi vida nace en diciembre del año 1999, más flaco y con abdominales marcados me acercaban a este tipo de mujeres, pero como la cara no sufre modificación alguna se daban media vuelta al acercarme. Hasta que un día no fue así, me saludó una con un beso en el cachete, se llamaba Julieta y su aroma era conocido, un perfume tradicional pero infaltable en toda mujer que se mostraba infartante en esa época, obviamente no sé el nombre del perfume Atilio (no soy un metro sexual ni lo fui, ni lo seré, y ni siquiera los soporto, ¡los odio!). Mediante un proceso cósmico, algo así como una luz que partió del sol hace doscientos años rebotó en uno de los anillos de Saturno, haciendo que diera tres vueltas en Venus para llegar a Marte, quien por un proceso químico hizo que esta luz llegara a mi cara y en forma de suerte (o culo para los del barrio) logró que me diera su teléfono luego de una velada en la que hubo fernet con coca, destornilladores varios, un sex on the beach y tres cervezas en ella, y yo solo había tomado mi agua mineral de siempre. Entre vómitos varios y saliva en mi camisa arreglamos que la llamaría. A la semana siguiente, muerto de emoción, con mucho coraje y un julepe para veinte tomé el teléfono y marqué su número:

- Hola, buenas tardes, ¿se encuentra Julieta? – la voz de un hombre atendió mi llamado.

- Sí, ¿de parte de quién? – esbozó esa voz.

- Un amigo – ¿que le voy a decir, un flaco que recibió su vómito la semana anterior? No, eso mejor no.

Luego de esperar casi diez segundos atendió una mujer.

- Hola – dijo ella.

- Hola Julieta, ¿como estás?

- ¿Quién habla? – preguntó.

- El pibe del boliche – le dije orgulloso.

- ¿Que boliche? – Preguntó sorprendida.

- La semana pasada, en Sunset, ¿te acordás?

- Ahhh, sí, ¿Cómo andás?

- Muy bien – le respondí – ¿Tenés ganas de ir a comer a la noche? – lo dije muerto de miedo ante la inminente negativa.

- Dale, no arreglé nada, así que pasame a buscar a las nueve, ¿te parece? – Casi me cago.

- Listo, dame la dirección….

Y la conversación terminó al segundo…

Excitadísimo, más que contento y con una energía no propia en mí, me bañe, me acicalé, me vestí para matar y salí de mi casa. Llegué a su puerta y me atendió ella directamente, estaba buenísima, me miró con cara de ¿eras vos?. Nos subimos a un taxi y nos dirigimos a Puerto Madero. Fuimos a comer a un restaurante conocido de ese barrio, luego fuimos a caminar por ahí. No le pude ni acercar la cara para que me dé un beso, luego de diez minutos intenté darle uno yo, a lo que un óleeeeeeee se escuchó en la tribuna. Entonces dije, la pongo en pedo y es mía, la llevé a un conocido boliche de Recoleta. Adentro tomamos bastante, obviamente ella más que yo. Debido a la cerveza que tomé tuve que ir al baño, no sabía si dejarla ya que su ebriedad era terrible. No aguanté más y fui para el toilette. Al regresar, ante mi sorpresa, la mina estaba enredada con un patova de dos metros, no sé si por cagón o por realista no empecé una pelea con aquel mastodonte. Salí de ese lugar con ciento noventa y dos pesos menos, volví a mi casa tan triste que ni siquiera un paquete de papas fritas logró levantarme el humor.

Obviamente Atilio de esto quedaron varias enseñanzas que paso a relatarte:

1- No salgas con una mina hermosa, es caro.

2- Cuando un patova se agarra a la mina que está con vos pero no es tu novia, let it be.

3- Si el mismo patova se agarra a tu novia, pensalo bien, si no queda otra, ayuda a la vida a tener rota la cara.

4- Si tenés que gastarte ciento noventa y dos pesos en una noche para una mina que no sabés si te va a dar un miserable beso, suicidate.

Pero lo más importante que quedó de esto Atilio, si tenés ciento noventa y dos pesos para gastarte en una noche, ¡HACE LA DE POCHO! Que encima te deja para el bondi.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Cinco minutos de histeria

Cosas raras pasan cuando uno es un demonio nocturno Atilio, uno respira miedo, sufrimiento y sobre todo mucho dolor. No sabe por cual calle transitar, no sabe si confiar, no sabe reír, pero no le cuesta llorar. Obviamente Dios no está en este callejón, cuesta observar, cuesta volar.

Paro el colectivo, saludo con una reverencia al chofer y me siento en el fondo. No había pasajeros solo dos ratones charlando y riendo, mofándose del mundo, de sus idas, pero no de sus vueltas. Sube una chica, morocha ella, con una sonrisa tramposa, en sus ojos habían marcado a fuego una desilusión, pero ella sonreía. De vez en cuando me regalaba una mirada, pero instantáneamente venía un suspiro, esos suspiros Atilio que te hielan la sangre, esos que te hacen entender porque uno está solo y sobre todo porqué lo prefiere. Se sienta al lado mío, el colectivo está vacío, pero ella se sienta al lado mío, me mira y empieza a hablarme, no le entiendo, son todas palabras que no existen, balbucea, no le entiendo. De pronto su palabrerío no comprensible muere, mira hacia delante y se petrifica. Ahí esta él, sube, rubio de ojos claros, ojos claros que arrojan fuego, mucha ira, mucho deseo de venganza. Lo único que hace es mirarla, no habla, no respira, no vive, solo la mira, la odia, de pronto empieza a llorar, se desploma, ella lo levanta y lo baja del colectivo, quiero seguirlos, pero el colectivo vuelve a andar.

Logro bajarme y entro en una casa, casa de paredes altas, enredaderas gigantes que rodean al jardín del frente, hay un banco, sobre él hojas de un libro que creo conocer, pero no, solo letras al azar sin significado, pero lo conozco, juraría que lo leí, pero no logro entender lo que dice. Logro sortear miles de obstáculos y entro a la sala. Lugar chico, las paredes mostraban pinturas de un anochecer eterno, cuadros inmundos de un pintor que llevaba siglos muerto, vasijas gigantes llenas de arena, miles de ceniceros distribuidos formando un increíble caracol, o eso parece. Sillones de tela negra completan el tenebroso panorama, rotos y sucios terminan de darme la sensación de entrada al infierno. Para mi sorpresa la casa terminaba ahí, solo eso existía, sin cocina, sin baño, sin nada. Salí corriendo, pero el jardín ya no existía, salí a la calle y corrí.

Nunca me agité, raro en mí ya que soy asmático, el aire entraba en mis pulmones con toda tranquilidad, pausadamente fui llegando a mi destino, el final del primer callejón, donde esta historia comenzó. Moría de sed, pero no había agua.

De pronto viene hacia mí a toda velocidad el colectivo, trato de esquivarlo, pero no hay caso, retoma su camino hacía mi alma. Esa bocina no deja de sonar, pero no es una bocina común, es un pitido, insoportable e incesante que tortura mi oído. Faltan centímetros para que me aplaste, pero de pronto siento caerme, una resucitación repentina. Eran las seis de la mañana Atilio, tenía que ir a trabajar...

lunes, 17 de septiembre de 2007

Cuatro bodas y ni un funeral

Hola Atilio, ya sé que no te escribo hace una semana, pero estuve con tiempos complicados y no propensos a la narración. Mi intención era seguir hablándote de los ilustres argentinos, compañeros de emociones y piratas porteños, pero creo que esta experiencia te sonará un poco más entretenida.

Te voy a hablar de las reuniones con ex compañeros, encontrarte con los chicos que viste (o aguantaste) siete años o en su defecto doce (primaria y secundaria) y ya no tenés nada en común, ni siquiera historias que le puedan interesar al otro. Pero iluso, vas contento y lleno de ilusiones al encuentro de los amigos de la niñez, con los cuales te armaste para ser el hombre de hoy que la mayoría no soporta (lamento que sea yo el que te lo diga, pero es así).

Pero bueno, acá estoy, entrando al bar, para compartir un rato con gente que no veo hace quince años y que seguramente no reconozca.

Al entrar, ya está sentado uno, el que ingresó en sexto grado al curso, nunca nos llevamos encima, ni el nombre me acuerdo, ¿Como andás?, hace mil que no nos vemos, le digo, mientras él me cuenta un montón de idioteces que no me interesan. Al instante llega otro por suerte e interrumpe la charla sin sentido que estaba manteniendo, de éste si me acuerdo, el fachero de la clase, el que en séptimo grado ya se había bajado a diez minas, dos profesoras, tres monjas, Flavia Palmiero y un perro de la calle, mientras que yo recién me estaba conociendo en la ducha, el que siempre quise que sea mi amigo pero no me daba ni la hora, que loco, ahora me saluda como si fuese un familiar que no ve hace cincuenta años. Luego uno tras otro van ingresando al recinto y nos saludamos como hermanos que se encuentran en el programa gente que busca gente.

Qué raro me siento al ver a todos estos pibes con pelos en los brazos, las chicas maquilladas, la barba. Cuantas historias se recuerdan en la mesa, las del viaje de egresados, las de los asaltos, y las salidas a las cuales no me invitaron, pero por educación o estupidez asiento como si la hubiese pasado bomba en cada una de ellas.

Luego de que pase media hora y piense mil veces en como escaparme sin que se queden todos hablando de lo amargo que soy, aparece ella, la que cuando era chico era merecedora de mi más sincero amor, la que me dió fuerzas para levantarme cada día esperando ese beso en la puerta del colegio, la más linda, la más copada. Se sentó frente a mí, me miró y se me erizó la piel, todavía la amaba me dije y suspiré. Estaba hermosa como siempre, solo que ahora tenía unas tetas, perdón Atilio, unos senos alucinantes y una cola que rajaba la tierra. Las ganas de irme desaparecieron inmediatamente (un pelo de ……..tira más que una yunta de bueyes, pensé, nunca esa frase fue más acertada) y mientras, seguí esperando que me regale otra mirada. Obviamente esa mirada nunca llegó, seguí siendo ignorado por esa señorita como si todavía estuviésemos a dos bancos de distancia, quince años atrás, cuando mis manos pasaban a su mano y su boca no me dirigía ni siquiera un gracias, y menos una sonrisa.

Esperando en vano divertirme, a las dos horas me propuse levantarme y huir, no era el primero así que no pensé en el qué dirán. Al querer escaparme me agarra del hombro Julieta, la traga y fea de la clase y me dijo que la espere, que volvíamos juntos, en ese momento me percaté que estaba en la reunión, no era linda, pero sin ninguna duda había mejorado. Ahí recordé que Julieta vivía a unas cuadras de mi casa, de que fuimos muy amigos y que por cosas de la vida nos separamos y no hablamos más.

Caminando de regreso recordamos nuestras historias, de lo que esperábamos del futuro. Increíble, logró que dejara de pensar en la bella y malvada Sofía, para concentrarme en su respiración, su pelo enrulado, sus anteojitos de intelectual y esa mirada que casi había olvidado, no hice otra cosa que imaginarme y recordar episodios en los que ella me ayudaba y acompañaba. No lo podía creer, se me erizó la piel nuevamente, en diez cuadras reconocí al amor de mi vida…

sábado, 8 de septiembre de 2007

Volviendo para no irme, la tercera es la vencida

Habiendo transpirado como un marrano, he llegado a mi hermoso escritorio para redactarte mis pensamientos. Lo primero que te quería preguntar Atilio es ¿donde carajo está Santa Rosa?, yo me acordaba del frío, la lluvia que nunca acababa, las polleras de las chicas ejecutivas que se engañaban creyendo que porque era primero de Septiembre ya había que mostrar las piernas, el calor, París, el mundo y Giordano. Que personaje absurdo este Giordano, tal vez si se hubiese dedicado solamente a cortar el pelo hubiese sido recordado con mayor respeto, pero no, el tipo tuvo que hablar gansadas por televisión (por lo menos éste no afano con las tarjetas de crédito, o peor, ¡no nos enteramos!). Igual es todo muy raro, ¿viste el peinado que tiene?, el pelo le sale de la mitad de la capocha, sube queriendo tocar el cielo y se va para el fondo, es como un batido de los ochenta con la frente de Zidane y la cara de un pelotudo, ah, no nos olvidemos que es peluquero, laburo de señoras o señores afeminados, pero como muy afeminado no es, no me queda otra que verlo como una mina, y bastante retro por cierto. Volviendo al tema de Septiembre, es un mes bastante choto, primero y principal no hay un solo feriado, o sea, no pasó nada relevante en la historia un día de Septiembre, segundo, sin que sea menos importante, no sabes como corno vestirte, a la mañana hace quince grados por lo que sí o sí hay que ponerse un saco, ahora, cuando estas volviendo a la tarde te querés poner en bolas, esos putos veinticinco grados que con la humedad parecen treinta y ocho y en el bondi cincuenta no te deja respirar, y para nosotros que somos medios rellenitos (por no decir ositos cariñosos) nos hace derramar agua con cada respiración, pero bueno, esto es Buenos Aires, no París, no el Mundo.

Viendo que como normalmente me pasa me fui por las ramas tendría que ponerme más serio, pero seguiré yéndome para recordarte a las gatitas de Porcel, te acordes Atilio, todas en ropa interior, las mejoras hembras argentinas del momento bailaban como idiotas al lado de Jorge, pero ojo, si ese programa estuviese ahora en el aire lo pondrían a las tres de la tarde, en comparación con lo que hay hoy, eso es para mayores de once años, ahora te muestran los pechos de Nazarena, el coito de Gran Hermano, lo sucedido en El Bar TV (¿te acordás de la mano en la mampara del baño?), los pobres chicos sin dinero para pagar un telo y se tuvieron que tocar en una plaza, la mina que defecó dentro de un yacuzzi y muchas más imágenes maravillosas (por lo menos así es para mi) que no recuerdo en este momento en el programa de Rial (personaje que me ocuparé en alguna otra edición). Volviendo, que lindo esos tiempos, como nos ratoneábamos con las gatitas, Matrimonios y algo más, las películas de Olmedo y Porcel, las primeras películas mongas que llegaban de Estados Unidos como La venganza de los Nerds, no tan lejos pero el tan revitalizante rompeportones, que lindos tiempos esos, no te voy a decir que los quiero ahora, pero los extraño solo sabiendo que no volverán…

jueves, 6 de septiembre de 2007

NUNCA! las segundas partes fueron buenas

¿Cómo estás lector? ¡Volviste al final!, sos predecible… Lo primero que voy a hacer es ponerte un nombre, la verdad es que odio llamarte lector y vos debes odiar que te llame así, igual no te voy a dar el gusto, te voy a poner un nombre equis y vas a seguir siendo anónimo. El nombre que te pongo es Atilio, sí Atilio, este no se usa en mi rango de edad (de 20 a 35 años) o sea vas a seguir siendo aquel, el otro, además, si tus padres te pusieron Atilio te lo cambiaste si no antes te suicidaste.
Hoy cuando desperté me puse a pensar de qué podría hablarte, muchos temas vinieron a mi cabeza, pero uno solo quedó dando vuelta media hora después, voy a hablarte de los argentinos, de los “típicos argentinos”.
Al salir del trabajo, como siempre me dispuse a caminar mis tan ansiadas veintidós cuadras, agudicé la mirada y busqué a mi primera victima. Ahí estaba, esperándome cada quince metros, era él, quien más que nuestro querido portero, también llamado encargado, incansable fichador de culos y rascador de bronce. Me imaginé ponerme en su lugar, como sería mi día. Me levantaría a las seis de la mañana, baldearía la vereda (tarea que debería hacer el gobierno, para eso pagamos el ABL, ya sé Atilio, ellos tienen que lavar la calle, no la vereda, pero como a veces se pasan de la “raya” podrían darme una mano), además la considero una tarea idiota, ya que en menos de diez minutos estaría sucia de nuevo. Luego tendría que limpiar los pasillos, lograr que cada vez que pasen los propietarios y/o inquilinos rechinen sus zapatos, si vamos al caso eso no es bueno, las señoras se avivarían de la hora que vuelven sus maridos de “jugar a la pelota” con los amigos, pero bue, es mi trabajo. Ya llegando al mediodía, el almuerzo y la tan esperada siestita (por una de esa todos los días mataría). Llegando a las cuatro de la tarde, sin ningún tipo de apuro, abriría la puerta de calle y me pondría a charlar con el encargado de al lado, obviamente me agrandaría de tal manera que si no me enteré de nada en el edificio, inventaría los mejores chismes de la tierra, por ejemplo, la rubia del cuarto se cepilla a tres por día, y no solo eso, hice un pequeño agujero en la puerta por el cual la filmo y vendo el video al mejor postor, es más, con cuatro más de esos me retiro!, siiiii, eso le diría. Más tarde repartiría las cartas y juntaría la basura, tareas que le puedo dar a un amigo para que se gane unos mangos, para el tetra. No después de las nueve de la noche a mi departamento, mi día terminó. Si ponemos esto en la balanza, sale todo bien, y los del gobierno me limpian la vereda, los maridos del edificio decretan que no de encere el piso y mi amigo sigue tan gaucho como siempre, lo único que haría sería: levantarme a las seis de la mañana y hacer huevo hasta las doce, comer, dormir la siestita, salir a la puerta a agrandarme, darle unos mangos a mi amigo por la basura, cenar, mirar bailando o patinando por un sueño (no me puedo dormir sin tomarme unos culos antes) y a la camita, todo esto agregando que no pago casa, cable, luz, agua y el maldito ABL!!!!.
Hay que pensarlo Atilio, pero para eso te dejo tranquilo, mañana, tal vez, vendrá el próximo argentino ilustre, a la misma hora y por el mismo canal.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Primera función

Llegué, me animé. Mi primer mensaje abierto a la comunidad. Luego de muchos años imaginándome escribir para vos y acá estoy, sentado mientras de fondo habla Petinatto. Esto es simple, no me muero si no te gusta, no me alegro si disfrutas, solo estoy para recordarte que la vida no es corta, pero tampoco larga, disfruta pichón (o pichona en su defecto) del oxígeno que pronto se acabará. Tampoco es mi intensión deprimirte, solo que reacciones ante los posibles chichones que tú espalda tendrá que soportar. Pero alegraos, las carcajadas serán miles!!!!! esperemos…

Bueno, para empezar se me ocurrió hablar de la actualidad, no del presidente, o presidenta, de que la Carrió lloró, de que la votación en Córdoba es un fraude ni de la tarjeta Evita, te hablaré de lo que me ocurrió hoy.

Tarde gris, triste en la ciudad de Buenos Aires, aunque te resistas llegó la tormenta de Santa Rosa, que no siempre llega en la misma fecha, dentro de poco la ubicarán seis meses antes o seis meses después del 30 de Agosto. Como siempre de regreso a casa caminaba por Palermo / Villa Crespo (no me resigno a llamarlo Palermo Queens) cuando me encontré obligado a presenciar esto, te pongo en situación, señora sexagenaria discutiendo con el verdulero por el precio del tomate. Suerte que el semáforo me detuvo, sino mi vida hubiese continuado igual. La señora de cabello gris, vestido enterizo floreado, con aspecto de loca y le faltaban dientes. El verdulero, pibe de 30, con cara de bueno y hablaba con tonito bastante gay (si lo era, nunca lo sabré). La discusión comenzó cuando el pibe le dijo el precio del tomate, cinco pesos, CINCO PESOS!!! pensé, lo podes creer, hace unos años con cinco pesos me compraba dos kilos (que pensamiento boludo pero es lo que hay), no te puedo contar la cara de la doña, parecía que se lo comía, ¿CUANTO? le dijo, cinco pesos contestó el muchacho, ya con menos dejos de altanería y de que se las sabía todas, me queres matar le dijo la señora, no puedo expresarte el modo en que lo dijo, como si en realidad se estuviese sintiendo morir, hasta me imaginé corriendo a sostenerla, pero nunca dejé mi lugar (no se si por cómodo o porque no la conocía o porque lo pensé después), no te pago eso ni loca grito la anciana, esto no sería divertido si la abuela no hubiese estirado la mano para cachetear al muchacho y que este a fin de esquivarla tirase todos los tomates en la vereda. Pero no acaba acá, cuando los tomates rodaban hacia la calle la señora agarró dos del suelo, se los mostró riéndose y pronunciando, para la ensalada de la noche querido!. Luego de reírme por algunos segundos proseguí mi camino. No te contaría esto si no nos dejara estas enseñanzas, reflexiones y preguntas.

1 – Que grande la vieja!!!!!!!

2 – Que caro está el tomate.

3 – Si yo no hubiese estado parado ahí, ¿hubiese sucedido?

4 – Nunca me imaginé un verdulero gay hasta que presencié este acontecimiento.

5 – ¿Usará las zanahorias para que éstas sean un elemento nunca más comestible?

6 – Que asco imaginar el punto anterior!!!!

7 – Si cambiamos al verdulero por una conejita Playboy, ¿sigue siendo asqueroso?

8 – ¿La vieja lavará los tomates?

Y millones de preguntas, comentarios y reflexiones más que te imaginarás vos…

Bueno, acá termino mi primer día escribiéndote lector, espero que sigas por estos lugares esperándome…