Hola Atilio, hoy estuve pensando mucho que recuerdo te iba a relatar, al no encontrar respuesta dentro de mi cerebro me dejé llevar por mi caminata diaria para que me ayudara. Escuchando como siempre
Este episodio de mi vida nace en diciembre del año 1999, más flaco y con abdominales marcados me acercaban a este tipo de mujeres, pero como la cara no sufre modificación alguna se daban media vuelta al acercarme. Hasta que un día no fue así, me saludó una con un beso en el cachete, se llamaba Julieta y su aroma era conocido, un perfume tradicional pero infaltable en toda mujer que se mostraba infartante en esa época, obviamente no sé el nombre del perfume Atilio (no soy un metro sexual ni lo fui, ni lo seré, y ni siquiera los soporto, ¡los odio!). Mediante un proceso cósmico, algo así como una luz que partió del sol hace doscientos años rebotó en uno de los anillos de Saturno, haciendo que diera tres vueltas en Venus para llegar a Marte, quien por un proceso químico hizo que esta luz llegara a mi cara y en forma de suerte (o culo para los del barrio) logró que me diera su teléfono luego de una velada en la que hubo fernet con coca, destornilladores varios, un sex on the beach y tres cervezas en ella, y yo solo había tomado mi agua mineral de siempre. Entre vómitos varios y saliva en mi camisa arreglamos que la llamaría. A la semana siguiente, muerto de emoción, con mucho coraje y un julepe para veinte tomé el teléfono y marqué su número:
- Hola, buenas tardes, ¿se encuentra Julieta? – la voz de un hombre atendió mi llamado.
- Sí, ¿de parte de quién? – esbozó esa voz.
- Un amigo – ¿que le voy a decir, un flaco que recibió su vómito la semana anterior? No, eso mejor no.
Luego de esperar casi diez segundos atendió una mujer.
- Hola – dijo ella.
- Hola Julieta, ¿como estás?
- ¿Quién habla? – preguntó.
- El pibe del boliche – le dije orgulloso.
- ¿Que boliche? – Preguntó sorprendida.
- La semana pasada, en Sunset, ¿te acordás?
- Ahhh, sí, ¿Cómo andás?
- Muy bien – le respondí – ¿Tenés ganas de ir a comer a la noche? – lo dije muerto de miedo ante la inminente negativa.
- Dale, no arreglé nada, así que pasame a buscar a las nueve, ¿te parece? – Casi me cago.
- Listo, dame la dirección….
Y la conversación terminó al segundo…
Excitadísimo, más que contento y con una energía no propia en mí, me bañe, me acicalé, me vestí para matar y salí de mi casa. Llegué a su puerta y me atendió ella directamente, estaba buenísima, me miró con cara de ¿eras vos?. Nos subimos a un taxi y nos dirigimos a Puerto Madero. Fuimos a comer a un restaurante conocido de ese barrio, luego fuimos a caminar por ahí. No le pude ni acercar la cara para que me dé un beso, luego de diez minutos intenté darle uno yo, a lo que un óleeeeeeee se escuchó en la tribuna. Entonces dije, la pongo en pedo y es mía, la llevé a un conocido boliche de Recoleta. Adentro tomamos bastante, obviamente ella más que yo. Debido a la cerveza que tomé tuve que ir al baño, no sabía si dejarla ya que su ebriedad era terrible. No aguanté más y fui para el toilette. Al regresar, ante mi sorpresa, la mina estaba enredada con un patova de dos metros, no sé si por cagón o por realista no empecé una pelea con aquel mastodonte. Salí de ese lugar con ciento noventa y dos pesos menos, volví a mi casa tan triste que ni siquiera un paquete de papas fritas logró levantarme el humor.
Obviamente Atilio de esto quedaron varias enseñanzas que paso a relatarte:
1- No salgas con una mina hermosa, es caro.
2- Cuando un patova se agarra a la mina que está con vos pero no es tu novia, let it be.
3- Si el mismo patova se agarra a tu novia, pensalo bien, si no queda otra, ayuda a la vida a tener rota la cara.
4- Si tenés que gastarte ciento noventa y dos pesos en una noche para una mina que no sabés si te va a dar un miserable beso, suicidate.
Pero lo más importante que quedó de esto Atilio, si tenés ciento noventa y dos pesos para gastarte en una noche, ¡HACE